La brutal historia de un nigeriano que emigró a Italia por mar

Por Adriano Garcia, desde Roma

Durante estos días de preocupación por el tema de la emigración en Europa, y mientras que los vértices de los gobiernos están por aprobar un plan de colaboración entre los países de la Unión Europea sobre el tema de cómo acogerlos -atención: solo a aquellos que, reuniendo los requisitos válidos, supere un proceso de solicitud y selección- de manera que los derechos humanos sean respetados, yo salí por Roma a buscar a alguien que de verdad hubiera emprendido este tipo de viajes en barcaza desde el Norte de África. Alguien que me pudiera contar en pimera persona las razones y los detalles de este arriesgado, estremecedor viaje. Y lo encontré, mientras pedía dinero en una esquina cerca del Pantheon romano. Esto es lo que me contó, o lo que me quiso contar. Cuando me presenté, me dijo casi de inmediato que no me diría su nombre. Me escribió en una servilleta sus iniciales, C.K.

C.K. es un joven nigeriano de 26 años, titulado en la Universidad de Lagos, Nigeria, en ingeniería mecánica.
Me contó que una vez terminados sus estudios se fue a trabajar en una fábrica de la empresa Shell, en las afueras de su ciudad.

Allí se politiza y se une al sindicato de la fábrica. Las condiciones de trabajo son monstruosas: trabajan desde las 7 de la mañana hasta las 20:00, con una pausa para almorzar de 15 minutos, con un régimen de seguridad ridículo, en el que mueren obreros casi todos los días y, por si fuera poco, viven vigilados por guardias armados. Me insistió mucho sobre estos guardias, casi todos pertenecientes a grupos de seguridad privada, no de vigilancia estatal, como es normal en sitios industriales africanos. Son todos, decía, occidentales: sudafricanos la mayoría, pero había alemanes, gringos y hasta un par de italianos. Van vestidos de negro y están armados con rifles automáticos. Por supuesto, ríe con amargo sarcasmo, los maltratos por parte de estos tipos son diarios. El salario de estos paramilitares roza los 6000 $ dólares al mes, mientras que el salario de los obreros no llega a los 4 $ diarios (entre los 40 y 60 dólares al mes).C.K. estuvo trabajando para Shell por dos años, dos años muy duros.

No olvidemos que hablamos de Nigeria, una nación que desde hace años vive una situación de guerra civil, guerrillas y terrorismo endémicos, con una enorme cantidad de riqueza y materias primas en su territorio.Al cabo de estos dos años C.K. se une al sindicato (ilegal) de la fábrica, que dará inicio a toda una serie de manifestaciones y huelgas para pedir mejoras salariales y mayor seguridad para los trabajadores. El líder de esta protesta era el señor H.M. (tampoco me quiso dar el nombre), que me describe como un joven exuberante, aunque parece que lo recuerda con gran admiración. Estas protestas obligan a los dirigentes de Shell a sentarse a una mesa con este sindicato para responder a las necesidades de cientos de obreros, y el resultado es un éxito. Los administradores de la fábrica aceptan las condiciones de los manifestantes, parece que la situación está resuelta. Al día siguiente H.M. no va a trabajar. Ni al siguiente tampoco. Al cabo de una semana sigue sin aparecer. C.K. me relata de cómo al pasar los días empieza a desaparecer cada vez más gente, y, mira tú, son las personas que lideraban las protestas. Se realiza una gran manifestación en favor de estos “desparecidos“, en el curso de la cual los “mercs”, como CK llama a estos guardias de seguridad, disparan sin criterio hacia la gente, matando a más de 20 personas. Entonces, C.K., con la mirada casi incrédula, me cuenta que una madrugada se le acerca uno de los guardias de la fábrica, un inglés, y le revela que sus colegas y amigos han sido ejecutados por los mismos guardias de seguridad; y le avisa que los administradores tienen una lista con los nombres de los que manifestaron, y que el nombre de C.K. está en la lista.

C.K. decide huir de Nigeria, junto con su familia, que según él también corre peligro. Parten desde Lagos, que se encuentra en la costa sur de Nigeria, hacia Niger (que es otro país, el país de donde vino un árbitro de fútbol que nos desgració a todos los chilenos en un mundial) en autobús. Al llegar a la ciudad de Niamey, emprenden otro viajecito, siempre en micro hasta Mali. Desde ahí, camello hasta Libia, pasando por Argelia. Un viaje de unos 3800 km, que tardó 6 meses en recorrer.

Me cuenta también un poco del viaje. Hasta Argelia le fue bastante bien , tenían dinero y comida suficiente para él, sus dos hermanas y su padre. La madre había muerto dando a la luz a su hermana menor. Cuando llegaron a Argelia, la caravana con la que viajaba fue asaltada cuatro veces por saqueadores, criminales, y militares. Me relata cómo cada vez que sufrían un ataque, siempre de noche, la gente que había emprendido el viaje con él se iba muriendo. Cuando dejaron Mali y entraron en Argelia eran unas 200 personas. Llegaron a Libia menos de la mitad. Desafortunadamente su padre y una de sus hermanas no sobrevivieron. Fueron asesinados por atracadores antes de pasar el límite que divide Argelia con Libia. Una historia terrible, que me cuesta de verdad contar. Al llegar a Libia, dice, estaba definitivamente desamparado, pues una de las últimas noches en el desierto había habido una tempestad de arena, y en ella había perdido a su otra hermana.

Llega sólo a Sirte, un puerto al norte de Libia. Afortunadamente tenía todavía dinero, había conseguido esconderlo, entre sus ahorros y los de su familia le alcanzaba apenas a los 2500 dólares que le exigían ahora para embarcarlo en una de estas barcazas hacia Italia. Una vez entregado todo al árabe que los guiará hacia Europa, lo transladan a una especie de campo de prófugos en las afueras de Sirte, y lo meten en un camping con otros cientos de personas. El lugar no tiene baño, luz eléctrica, apenas hay comida y agua potable. Lo dejan ahí más de un mes. En este lugar C.K. intenta conversar con los demás migrantes, hacer amistad. Se hace amigo de un grupo de libios musulmanes con el que emprenderá la última fase, y no la más fácil, de este viaje de terror. Mientras que los hacen esperar en este campo de infierno, se le acerca un tipo, le pregunta de dónde es, si tiene familia, si es musulmán. C.K. le responde que se quedó solo durante el viaje, que es nigeriano y que es cristiano. Termina de decirme esto y me muestra dos heridas de bala, una en el codo y otra en el costado, que le dejó este sujeto al dispararle por ser cristiano (plop). Sobrevivió gracias a otro migrante, que el conoció solo con el nombre de Ibrahim, un egipcio estudiante de medicina que le salvó la vida. Musulmán también, pero de verdad. Finalmente llega el día, con baja marea, en el que pueden emprender esta fase última del viaje. Me alarmo porque pone la misma cara que puso cuando me contó de la muerte de su familia, seguro que me contará de nuevo algo trágico. Los vienen a buscar en medio de la noche al campo de prófugos, y los llevan hacia la playa. Ahí C.K. vio la barcaza con la cual debía viajar y dice que estaba en tan malas condiciones que muchos de los que estaban con él no se querían subir. Igualmente los obligan a todos apuntándoles con armas automáticas (la percepción de C.K. es la de 200 compañeros de viaje, por lo menos, muchas mujeres y niños).

Me explica que con ellos viajan dos individuos, que serían los criminales que organizan estos viajes, que van armados y están encargados de mantener el orden durante la travesía. C.K. me confiesa que fue muy afortunado porque lo colocaron en la cubierta de la barcaza, y aunque el viaje fuera terrorífico, lo fue más para aquellos que fueron colocados en el interior. Mientras navegaban C.K. podía escuchar los gritos de la gente desde el interior del barco que se ahogaban por los humos del barco, y por la ausencia de aire respirable. La gente bajo cubierta estaba encerrada con candado y uno de los tipos encargados del viaje estuvo siempre vigilando la puerta. El otro encargado, el capitán de barco, estuvo todo el viaje tomando copete y fumando pitos todo el viaje. Les invito a ver imágenes de cómo son estas embarcaciones para que se hagan una idea.

Cuando llegan a las aguas territoriales italianas, la marina militar toma el control de la barcaza y la escoltan hasta Sicilia. Cuando llegan al puerto muchas de las personas que iban en el interior de la embarcación habían muerto, entre ellos numerosos niños. Los dos tipos habían desaparecido, mezclándose entre los migrantes y C.K. no los volvió a ver. Este pobre muchacho llegó a Italia hace menos de 6 meses y vive en un departamento cerca de la estación de trenes de Roma, Termini, con otras 14 personas en menos de 100 metros cuadrados, con un baño en común, y controlados por una banda de criminales que se asegura trabajen para pagarles estos departamentos, y su manutención general. Estos criminales, de los cuales no quiere y no puede hablar, les confiscan los documentos, para poder tener absoluto control sobre ellos. Los obligan a trabajar vendiendo baratijas en la calle, las que uno se compra cuando viene a Roma de turista como gil. Además los obligan a pedir limosna, que se reparten entre todos los que manejan la organización. Sobre todo no les dejan tener trabajos regulares, y a C.K. le tiembla la voz, él tiene una especialización universitaria, y muchos de los que conoció en Roma, migrantes de todo el mundo también la tienen. Podrían trabajar regularmente, pero viven bajo amenaza cotidiana.

Termina contándome algo que habría preferido no saber: “me equivoqué en venir a Italia, y de la manera con la que vine, porque aquí la gente también ha ido desapareciendo del departamento. Varios que conocí cuando llegué a Italia de un día para otro dejaron de volver a la casa; yo siempre rezo que ojalá hayan escapado, y no otra cosa”.

http://www.theclinic.cl/2015/06/04/la-brutal-historia-de-un-nigeriano-que-emigro-a-italia-por-mar/

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